27/11/2022
La lengua española es rica y evoluciona constantemente, pero a veces presenta desafíos, especialmente cuando se trata de nombrar cargos y profesiones ocupados por mujeres. Uno de estos casos ha generado debate: ¿es correcto decir 'intendente' para una mujer, o se debe usar 'intendenta'? Esta pregunta no solo toca aspectos gramaticales, sino también históricos y sociales. Abordaremos esta cuestión lingüística y exploraremos la fascinante historia detrás de la figura del intendente, un puesto con profundas raíces en la administración europea y americana.

El término 'intendente' tiene varias acepciones. Principalmente, se refiere a la 'Persona a cuyo cargo está la intendencia o administración de una entidad'. En muchos países americanos, designa al 'jefe del gobierno municipal o regional'. Existe también una acepción más específica en México, donde puede ser la 'persona encargada de la limpieza, mantenimiento o vigilancia de una empresa o edificio'. Sin embargo, el debate más notable surge cuando una mujer ocupa este cargo, especialmente en las acepciones relacionadas con la administración pública.
El Debate Lingüístico: ¿Intendente o Intendenta?
Durante mucho tiempo, fue común referirse a las mujeres que ocupaban cargos públicos con el nombre en masculino, como 'la presidente', 'la vicepresidente', 'la intendente' o incluso 'la ministro'. Un argumento que tuvo cierta difusión, aunque erróneo, sostenía que no se debía decir 'presidenta' porque la palabra refería al 'ente' que preside, sugiriendo que la terminación '-nte' implicaba una neutralidad de género derivada de un supuesto 'participio activo' del verbo 'ser'.
Esta idea se popularizó a través de textos virales que circulaban en internet, a menudo atribuidos a supuestas profesoras. Estos textos afirmaban que el participio activo del verbo ser era 'ente' y que, por lo tanto, 'presidente' (el que preside) no tenía género. Sin embargo, la realidad lingüística, respaldada por la RAE (Real Academia Española) y la Fundéu (Fundación del Español Urgente), desmiente esta teoría.
Según la RAE, la palabra 'presidenta', en femenino, está aceptada en el diccionario desde 1803 y su uso está documentado desde el siglo XV. Esto demuestra que el término no es una imposición reciente, sino que tiene una larga tradición en el idioma. La RAE aclara que, si bien se le puede decir 'presidente' a una mujer, la opción más adecuada y preferida hoy en día es usar la forma 'presidenta'.
La Fundéu califica los argumentos pseudogramaticales, como el del supuesto participio activo 'ente', como incorrectos. Señalan que el verbo ser no tiene participio activo en la forma 'ente' (y que, cuando lo tuvo en el pasado, era 'eseyente'), que la terminación '-nte' no procede de 'ente', y que nada en la morfología histórica del castellano impide que las palabras formadas con este componente tengan una forma para el género femenino. Fundéu subraya que para que existan voces como 'presidenta' o 'intendenta', solo se necesitan dos cosas: que haya mujeres que presidan o administren y que haya hablantes que deseen expresar explícitamente que son mujeres quienes realizan la acción. No hay motivo lingüístico para no usar, o incluso preferir, la forma femenina cuando el referente es una mujer.
Otros Cargos y el Género
El debate sobre 'intendente' e 'intendenta' es análogo a lo que ocurre con otros cargos. Decir 'la vicepresidenta' es considerado más correcto que 'la vicepresidente'. Países como Uruguay han tenido vicepresidentas, como Lucía Topolansky y Beatriz Argimón, para quienes se usa naturalmente el término en femenino.
Lo mismo aplica a 'ministro' y 'ministra'. Hubo una época, hace muchas décadas, en la que las mujeres tenían acceso limitado a la educación superior y a ciertas profesiones. Por ello, era común referirse a profesionales mujeres con el término en masculino: 'la abogado', 'la médico', 'la arquitecto'. Con el tiempo, esta práctica ha cambiado. La RAE sostiene que, salvo contadas excepciones (como 'modelo', 'testigo' o 'piloto', o profesiones terminadas en '-a' como 'periodista' o 'futbolista'), debe utilizarse el término finalizado en '-a' para referirse a una mujer. En el caso de los ministros, la RAE es categórica: decir 'la ministro' para referirse a una mujer es absolutamente erróneo. Se debe usar 'la ministra'. Por lo tanto, siguiendo esta lógica y la preferencia de la RAE y Fundéu, el término recomendado para una mujer que ocupa el cargo de intendente es intendenta.

Orígenes Históricos de la Figura del Intendente
Más allá del debate lingüístico, la figura del intendente tiene una rica historia administrativa. Surgió en Francia hacia 1551, ganando impulso bajo cardenales como Richelieu y Mazarino, y consolidándose con Luis XIV y su ministro Jean-Baptiste Colbert. El 'intendant' francés era el representante del monarca en las 'généralités', las divisiones territoriales del Antiguo Régimen. Su misión principal era el desarrollo económico, pero poseía amplias atribuciones en justicia, policía y hacienda (era el 'intendant de justice, police et finances').
La Intendencia en España
En España, el intendente fue un funcionario designado y dependiente directamente del rey, introducido durante las reformas de los Borbones. Esta figura, con un marcado sentido centralizador y absolutista, tenía como misión principal la recaudación de tributos y la dinamización económica. Controlaban autoridades locales, cuidaban las reales fábricas, impulsaban la agricultura y ganadería, realizaban mapas y censos, y mantenían el urbanismo.
Su establecimiento se remonta a la época de Felipe V. Para mejorar la situación económica, el rey solicitó asesoría a Francia, y Juan Bautista Orry recomendó aplicar el régimen de intendencias. Inicialmente, en 1711, se nombraron superintendentes generales del ejército, pero debido a su éxito en la sujeción de territorios, se les otorgaron zonas territoriales, las intendencias.
En 1718, la Ordenanza de Intendentes de ejército y provincia les otorgó competencias en justicia, hacienda, guerra y policía. A veces, actuaban solo en el ámbito civil como intendentes de provincia. Posteriormente, se añadieron facultades económicas (agricultura, comercio, industria, transportes) y a veces acumulaban el cargo de corregidor en la capital provincial (intendente corregidor).
Fernando VI reordenó el sistema en 1749, estableciendo una intendencia por provincia, a menudo unida al corregimiento de la capital (aunque volvieron a separarse en 1766). Cada intendente contaba con el auxilio de uno o dos tenientes letrados o alcaldes mayores para las funciones judiciales.
El Régimen de Intendencias en Hispanoamérica
El sistema de intendencias se aplicó en las posesiones del Imperio español en Hispanoamérica y Filipinas a partir del siglo XVIII, impulsado por el pensamiento del absolutismo ilustrado de los Borbones. Los reyes buscaban reformar la administración, uniformarla, promover el bienestar, mejorar los ingresos de la Real Hacienda y fortalecer la defensa de los territorios.
La misión general de los intendentes en América era la promoción de la economía y el resguardo de la hacienda real. Sin embargo, sus facultades variaron. Inicialmente, se intentó separar sus funciones de las de virrey o gobernador, pero los conflictos llevaron a reunirlas en ciertas zonas. Contaban con un asesor letrado o teniente letrado de nombramiento real y subdelegados que actuaban en áreas llamadas subdelegaciones o partidos, a menudo reemplazando a los antiguos corregidores.

Tras recuperar La Habana de los británicos, Cuba tuvo la primera intendencia en 1762 (de ejército y hacienda). Le siguió Luisiana en 1764. Ese mismo año, José de Gálvez inició una visita al Virreinato de Nueva España, proponiendo establecer el régimen. En 1770 se creó la Intendencia de Arizpe (Sonora y Sinaloa).
En 1776, Gálvez creó la primera intendencia en Sudamérica, en Venezuela, con un gobernador e intendente para Caracas, Cumaná, Margarita, Guayana y Maracaibo, con énfasis en policía.
En 1778, se decidió instaurar intendencias en el Virreinato del Río de la Plata (inicialmente de hacienda en Buenos Aires). En 1782/1783, las Ordenanzas de Intendentes del Río de la Plata definieron la de Buenos Aires como de ejército y provincia, y otras siete solo de provincia.
El sistema se extendió a Perú en 1784 (Lima de ejército y provincia), Filipinas (Manila de ejército y hacienda) y Puerto Rico. En Guatemala (1785) y Chile (1786) se aplicaron las ordenanzas del Río de la Plata (con adaptaciones en Chile).
A finales del siglo XVIII, Honduras se dividió en las intendencias de Comayagua y Tegucigalpa. En Nueva Granada, el virrey era superintendente, excepto en Quito (1783) y Cuenca (1786). Cuba tuvo intendencias adicionales en Puerto Príncipe y Santiago de Cuba en 1813.
Carlos IV intentó unificar la regulación con una Ordenanza General en 1803, pero fue dejada sin efecto.
El propósito del sistema era fortalecer el control de la Corona, romper el monopolio de élites locales, promover la economía provincial y luchar contra la corrupción. Los intendentes debían movilizar la economía, fomentar la agricultura (repartiendo baldíos), la artesanía, el comercio y la minería. A pesar de sus altos sueldos (6000 pesos) y autoridad, el sistema despertó fuertes resistencias de virreyes, la Real Audiencia, jerarcas eclesiásticos y otras corporaciones, quienes veían limitado su poder. La Revolución de Independencia de las 13 colonias de Norteamérica también influyó, obligando a postergar medidas drásticas en Nueva España que pudieran poner en peligro el apoyo financiero a la metrópoli.

Las facultades de los intendentes variaron, pero en general abarcaban justicia, guerra, hacienda, fomento de actividades económicas y obras públicas.
Preguntas Frecuentes
¿Cómo se dice intendente?
El término 'intendente' se usa generalmente para referirse a la persona encargada de la administración de una entidad. En varios países de América, es el jefe del gobierno municipal o regional. En México, puede referirse a la persona encargada de la limpieza o mantenimiento de un edificio.
¿Cómo se le dice a una mujer intendente o intendenta?
Según la Real Academia Española (RAE) y la Fundación del Español Urgente (Fundéu), la forma más adecuada y preferida para referirse a una mujer que ocupa el cargo es 'intendenta'. La palabra 'intendenta' está aceptada en el diccionario de la RAE desde 1803 y documentada desde el siglo XV, desmintiendo argumentos erróneos sobre su formación. Aunque se puede decir 'la intendente', 'la intendenta' es la forma recomendada.
¿Qué significa ser intendente?
Significa estar a cargo de la intendencia o administración de una entidad. En el contexto de varios países americanos, implica ser el jefe del gobierno a nivel municipal o regional, con responsabilidades que históricamente incluyeron justicia, hacienda, policía, fomento económico y obras públicas.
¿Quién es el intendente (históricamente)?
Históricamente, el intendente fue un funcionario clave en la administración de regímenes como el francés y el español (especialmente bajo los Borbones). Era un representante del monarca con amplios poderes para administrar, recaudar tributos, dinamizar la economía y controlar autoridades locales. En Hispanoamérica, fue una figura central en las reformas borbónicas del siglo XVIII, encargada de promover la economía, resguardar la hacienda real y centralizar el control de la Corona.
En conclusión, la figura del intendente posee una rica historia y un rol administrativo significativo. Respecto al uso de la palabra, las autoridades lingüísticas como la RAE y Fundéu son claras: aunque 'intendente' para una mujer no es incorrecto, la forma femenina 'intendenta' es la preferida y gramaticalmente válida, alineándose con la evolución del idioma para nombrar profesiones y cargos ocupados por mujeres.
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